La carta estaba lacrada con el sello de un carísimo bufete de abogados parisino. Si Ren había aprendido algo, era que la correspondencia inesperada rara vez traía buenas noticias, por lo que antes de abrirla, preparó un té blanco con tranquilidad e hizo sonar jazz a través del hilo musical. Dejó la taza humeante en la mesa baja del salón, respiró hondo y observó el sobre. El papel era de buena calidad, en tono hueso, los datos estaban escritos a mano, con una caligrafía clara y elegante. Al menos cuidaban los detalles, qué menos considerando sus tarifas astronómicas. Se tumbó en el sofá y abrió torpemente el sobre, le temblaban las manos.
En el interior había una hoja suelta y un sobre de aspecto anticuado. La informaban del fallecimiento de Régine Candau, una profesora que había sido su guía en la universidad y, con el tiempo, se había convertido en amiga y confidente. Ren no supo cómo reaccionar, por lo que siguió leyendo. Al parecer, la causa de su muerte había sido un infarto, la carta seguía con varios párrafos de pésame. Se habían puesto en contacto con ella
siguiendo los deseos de Madame Candau, que la había contemplado en su herencia y ordenado que, si fallecía, le entregaran inmediatamente un sobre que adjuntaban. Así mismo, le pedían que se pusiera en contacto con Norbert D’Orves, el abogado que llevaba el asunto, para concertar una cita y arreglar todo el papeleo.
Aún perpleja, se levantó del sofá, abrió el cajón donde guardaba las velas y eligió una morada, el color favorito de Régine. La encendió con una cerilla y el aroma a lavanda invadió la estancia. Se sentó de nuevo, acabó el té despacio, y abrió el otro sobre con cuidado, intentando no romperlo. Al sacar el folio reconoció al instante la letra alargada y picuda, que solo había conseguido entender tras mucha correspondencia. El papel era reciclado y áspero, la tinta negra y los trazos fuertes. La primera lágrima se precipitó por su mejilla. La leyó susurrando en francés.
París, 12 de Enero de 2006
Querida Ren,
Espero que esta carta te llegue dentro de mucho tiempo, pero no llores cuando lo haga. He gozado de una vida larga y feliz, pero comprenderás, que tengo una edad en la que la muerte me acecha, y debo asegurarme que, si no te lo he contado ya, conozcas un secreto que guardo desde mi juventud en honor al que fue mi primer amor. Te he elegido a ti, entre todas las personas de la profesión, porque sé que siempre harás honor a la verdad, por algo has sido mi alumna predilecta. Pero para que comprendas de qué se trata, he de comenzar la historia por el principio.
Como ya sabrás, me crié en Saint-Véran un pueblo al sur de los Alpes. Mi vida allí era fácil y placentera, pero siempre había soñado con escapar y vivir aventuras en la ciudad. Un chico del que nunca te he hablado, Quentin, sobrino de unos amigos de mis padres, venía todos los veranos. Estudiaba arqueología en París y llenaba mis tardes estivales contestando a preguntas y contándome historias de gente que había vivido hace mucho tiempo. Cuando cumplí los dieciséis, estaba locamente enamorada de él. Me sacaba diez años y ya había acabado la carrera, pero esto no nos impidió vivir un romance intenso aunque inocente.
Aquel año se fue a Grecia, para participar en unas excavaciones, y me escribía cada mes. El verano siguiente volvió con una gran caja, un regalo para mí. Se trataba de un escudo de metal que había encontrado en las ruinas en las que trabajaba, cerca de Santorini, y considerado un objeto sin valor. Evidentemente aquel gesto me deslumbró. Me regaló también dos ejemplares de los diálogos de Platón: Timeo y Critias, ambos llenos de notas en los márgenes, que hasta el día de hoy, se han encontrado siempre entre mis lecturas preferentes y que cuando leas esta carta ya serán tuyos. Aún lo considero el verano más romántico de mi vida, pero cuando se fue, noté en sus ojos que aquel adiós era definitivo.
Un año más tarde comencé los estudios en París. Secretamente, mis intenciones eran encontrar a Quentin, pero nunca lo logré. Por fin, tras mucho tiempo añorándolo y gracias al apoyo de Maurice, mi marido, logré reducirlo a un mero recuerdo. Pasaron muchos años sin noticia alguna de él, sus tíos les contaron a mis padres que había desaparecido tras una disputa familiar, pero fue la única información que conseguí antes de desistir.
Poco después de nacer mi primer hijo, un hombre se presentó en casa con un gran sobre, me lo dio y desapareció sin decir palabra. Era de Quentin. Me costó asimilar que hubiera logrado encontrarme tras tanto tiempo. Me pedía que guardara aquellos documentos durante veinte años, y que si no venía a buscarlos en ese plazo, me sintiera libre para investigar y hacer conocer al mundo la verdad. Esperé, pero no apareció. Llevo toda la vida estudiando esta información en silencio, a espaldas de mi familia, y nunca se lo he contado a nadie. Renuncié a utilizarla no porque dude de su valor, si no porque exige una dedicación que yo no estaba dispuesta a darle, comprende que con mi familia y la cátedra, mi vida era ya perfecta. Decidí guardarlos a la espera de alguien que pudiera utilizarlos con criterio. Y ese alguien, eres tú, querida Ren.
No te pido nada, simplemente te otorgo esta oportunidad como un último regalo. Ahora, esa información es tuya. No guardo lealtad a un hombre al que realmente no llegué a conocer, pero me gusta cuidar a mis seres queridos, y entre ellos cuentas con un lugar especial. Espero que te sea de utilidad, y sé que serás capaz de utilizarlo de la mejor forma posible.
Deseo que goces de una vida tan llena como la mía, que encuentres el amor y que nunca te falte la ilusión. No te canses de luchar, pequeño Nenúfar.
Un abrazo, sinceramente tuya,
Régine
Una sonrisa tímida frenó las lágrimas. Releyó la carta una vez más antes de llamar a D’Orves para concertar una cita, su secretaria la informó de que él se pondría en contacto con ella por tarde. Ren sacó su diario de debajo del sofá, anotó brevemente sus impresiones sobre aquella mañana y dibujó a Régine por última vez en su libreta de bocetos.
A mediodía su compañera de trabajo, Raquel, se presentó en casa con dos pizzas y un bote enorme de helado. “¡Viva la dieta mediterránea!”, pensó Ren. No le contó nada de lo que había pasado, aunque se moría de ganas de hacerlo. Sabía que Raquel, que no paró de contarle lo perfecto y maravilloso que era su nuevo novio, la escucharía, pero cambiaría de tema desinteresada. Se arrepintió, como tantas otras veces, de que su trabajo le dificultase tanto encontrar amistades como las de su adolescencia, en las que pudiera confiar y a las que hubiera elegido por afinidad, no por oportunismo.
Norbert D’Orves observaba distraído las sinuosas curvas de la nueva becaria a través de la puerta entornada de su despacho. Nunca la cerraba, pues el silencio le producía angustia, necesitaba el bullicio del bufete para poder trabajar. Sin embargo, aquella tarde, no tenía demasiado que hacer. Cuando la mujer lo miró, apartó torpemente la vista y simuló ojear archivos en su portátil, finalmente abrió la aplicación del solitario Spider con desgana y silenció los altavoces.
Audrey, su secretaria, entró subida a unos elevadísimos tacones y le entregó una carpeta con los mensajes telefónicos de la mañana. Hacía años que no atendía él mismo las llamadas, le dejaba ese trabajo a ella, que adjuntaba el mensaje en un post it pegado en la carpetilla del cliente, que entregaba puntualmente a las cuatro y media cada tarde. Tenía un solo mensaje, de una tal Ikeda Ren, que venía adjunto al expediente de Régine Candau. Tras ojear las primeras páginas, recordó a la mujer. Aclaró su garganta y marcó el número. Al otro lado, respondió en francés, con leve acento español, una voz aniñada.
-¿Si?
-Buenos días, soy Norbert D’Orves del bufete Vermont, ¿podría hablar con Mademoiselle Ren?
-Sí, soy yo.
-La llamo para acordar una fecha de encuentro y poner en orden los documentos referentes a la herencia de Madame Candau. Usted vive en Madrid, si no me equivoco. ¿Podríamos concertar una cita para mañana?
-De acuerdo. ¿Le parece bien en mi casa?
-Si, tengo la dirección. A las cinco de la tarde la visitaré. Si necesita algo más, llame a mi secretaria y ella la pondrá en contacto conmigo.
-Vale. Le veo mañana, entonces.
-Hasta mañana, Mademoiselle Ren.
Norbert pidió a Audrey que buscara un billete en clase bussines para la mañana siguiente, que preparara todos los documentos
que había de llevar a su encuentro con aquella chica y los dejase en la mesa de su despacho a primera hora. Se alisó la chaqueta, recogió sus cosas, guardó en un bolsillo su anillo de casado y se fue. Al doblar la esquina del callejón lo esperaba Nicole, la nueva becaria, mucho menor que él, una joven que buscaba el ascenso a cualquier precio. D’Orves lo sabía y eso lo excitaba aún más. Buscó sus nalgas apenas cubiertas por el corto vestido bajo la gabardina abierta y la atrajo bruscamente hacia sí, la acorraló contra la pared y la besó ávido. Ella se dejó hacer, hasta que él, saciado, pasó el brazo sobre sus hombros y se dirigieron al Ritz.
La escena quedó grabada en la cámara digital del chico que estaba al otro lado de la calle. Cuando ambos desaparecieron, esté apagó el aparato y sonrió. Envió un mensaje de texto “Hecho.”, volvió a la habitación del hotel donde lo esperaba ella. Nuria Salazar, de veintinueve años, era una mujer exuberante, tanto que la musculatura, conseguida a base de dos horas de duro entrenamiento diarias, no lograba empañar su feminidad. Su piel siempre estaba bronceada, su pelo perfecto y su mirada desafiante presagiaba peligro. Le había llevado tiempo no ponerse nervioso cuando ella estaba cerca, su belleza lo abrumaba en un principio, aunque ahora, incluso, la consideraba como una hermana. Lo esperaba sentada en el escritorio, bebiendo lentamente un Red Bull, bebida que consumía sin moderación. Pasó el vídeo al ordenador y ella giró la pantalla para verlo. Lo visualizó dos veces antes de pronunciarse.
-Zeke Ames, eres un maldito genio. ¿Has pensado en hacerte director de cine?- él sonrió. Todavía no logaba acostumbrarse a los halagos de Nuria.
-Eso significaría demasiado tiempo en el mismo sitio, y no nos viene bien.
-Ya. Protégelo con una contraseña y grábalo en un DVD.
-¿Se lo vas a enviar ahora?
-No hay tiempo que perder.
-¿Contraseña?
-Mm… Lagarta- él rió.
Mientras Zeke hacía la copia, Nuria alcanzó uno de los folios del hotel y escribió una carta para la mujer del abogado.
Madame,
Le hago llegar anónimamente este disco con la esperanza de que le abra los ojos. Tómelo como una ayuda de alguien que vela por usted, las mujeres debemos estar unidas. Está protegido por una contraseña que le haré saber en los próximos días.
Cordialmente,
Una amiga
Al terminar, la leyó en voz alta. Tras la aprobación de Zeke, dobló el papel cuidadosamente y lo guardó en un sobre del hotel. Cuando tuvo el DVD, bajó a recepción y compró un envoltorio acolchado, escribió la dirección, que llevaba anotada en la mano, y le pidió al recepcionista que lo enviara por mensajería cuanto antes.
Ya era tarde cuando abandonaron el hotel, cogieron un taxi que los llevó a la puerta de atrás de la discoteca en la que se celebraba una fiesta privada para el rodaje de la película en la que trabajaba Nuria. Zeke le enseñó al portero los pases que les habían mandado por correo y entraron en la sala casi vacía. Mientras preguntaba a un camarero por la máquina de tabaco, vio a Nuria sentada en un sofá del oscuro reservado, ya con un cóctel en la mano. Pronto, el resto de los invitados fue llegando a la fiesta.
Nuria se fue pronto. Cuando amanecía, Zeke volvió en taxi al hotel, acompañado de Nicole que, borracha, le contaba los trapos sucios de su jefe. Abrumada por la ingesta de alcohol, lo besaba mientras se quejaba atropelladamente, afirmando que se sentía violada cada vez que su jefe la tocaba, pero ya no le quedaba otra alternativa. Zeke hacía esfuerzos por no reír ante aquellas lamentaciones frívolas mientras le acariciaba los muslos. Al llegar a la habitación, la becaria se tumbó entre los grandes almohadones, él encendió la cámara digital y la colocó sobre el escritorio, encuadrando el plano perfecto, después le arrancó el corto vestido.
A las diez y media de la mañana, Nuria pidió en la cafetería dos espressos para llevar. Mientras recorría los pasillos del hotel, ataviada con shorts negros, una simple camiseta de tirantes y el pelo recogido en una coleta, los demás huéspedes la observaban curiosos sin que ella pareciera percibirlo. Cuando abrió las cortinas de la habitación de Zeke, no se sorprendió al encontrar entre las sábanas a una mujer, sin embargo, la inquietó que la cámara digital estuviera enchufada al ordenador y enfocándolos. Dejó uno de los cafés en la mesilla y él abrió los ojos. Nuria se apoyó en el escritorio situado frente a la cama y saboreó la bebida sin decir nada. La becaria se sorprendió cuando la vio, se tapó el torso desnudo con la sábana instintivamente y sus ojos se abrieron como platos. Fue entonces cuando Nuria la reconoció, no pudo evitar reír.
-No te preocupes, no me voy a asustar- la becaria no logró articular palabra-. Entre Zeke y yo no hay secretos, de cualquier manera, me lo habría contado, con todos los detalles escabrosos. Qué morbo.
La mujer, sujetando la sábana contra el pecho, se puso su ropa interior. Parecía buscar algo más, Nuria se agachó y recogió del suelo un vestidito hecho jirones sin dejar de reír por lo bajo.
-No creo que te sirva de mucho, está destrozado, toma- se lo lanzó-. Supongo que en Vermont no saben nada de tus aventuras nocturnas. Me pregunto qué pensaría Monsieur D’Orves si supiera lo ocurrido.
-Nadie te creerá- respondió ella tras el shock inicial. Se levantó indignada, mirándola desafiante. Nuria pulsó un botón de la cámara, ella reconoció su voz afectada por el licor, se sonrojó cuando empezaron los gemidos.
-¿No sabías que nuestro amigo tiene la mala costumbre de grabar todo lo que hace? Tú sí que eres un caballero, Monsieur Ames
La becaria tiró al suelo el inservible vestido, se puso el abrigo directamente sobre su conjunto de lencería de encaje y se dirigió a la puerta.
-Si no te interesa que todo el mundo con acceso a internet vea tu video, escúchame- se dio la vuelta colérica y miró a Nuria, que escribió algo en un papel-. Este es mi número, llámame mañana a media tarde. Créeme, te conviene.
Zeke se levantó de la cama, y cuando pasó al lado de Nicole, quien acababa de coger el papel, esta lo abofeteó. Él la miró serio.
-Va siendo hora de que alguien te diga que ese tipo de golpes de mujer herida no nos duelen.
Sin decir más, se metió en el baño y abrió el grifo. La becaria se fue haciendo resonar sus tacones por el pasillo. Tras una ducha rápida, Zeke cogió su café, casi frío, y se lo bebió de un solo trago.
-Me sorprende que con lo poca cosa que eres consigas siempre engatusar a femmes fatales.
Era extremadamente delgado y fibroso, la cabeza rapada acentuaba los rasgos afilados de su cara. Su aspecto, en general, era desaliñado, sin embargo, gozaba del don de la palabra, podría convencer a cualquiera con dos frases, a pesar de parecer un delincuente. Nuria lo sabía y le encantaba contar con él en sus filas.
-Tenemos material para destruir la credibilidad de ese bufete, por si lo del affaire te parecía poco. Los clientes son una panda de estirados y no dudarán en cambiar de abogados, presionados por sus mujeres, aún mas snobs que ellos. Conseguiremos de D’Orves lo que queramos. No sabes lo plañidera que se puso: que si me siento violada, que si no tengo opción… todo está grabado. Te lo aseguro, si no fuera tan guapa, la abría abandonado nada más salir de la discoteca.
-No me digas más: ella misma se lo ha buscado- dijo imitando la voz de su compañero-. Es una lástima, no parece tonta. ¿Cómo la encontraste?
-Cuando te fuiste, salí del reservado y la encontré con sus amigas, sin más, en el lugar oportuno, en el momento adecuado. Es lo que tienen las discotecas de moda, todo el mundo está allí, siempre. No iba a desperdiciar la oportunidad. Ya estaba bastante afectada, un par de palabras y caricias después, me hubiera confesado que mató a Kennedy. Aunque creo que no le ha gustado tú visita- rió.
-Si no querías que entrase en tu habitación cuando me dé la gana, no haberme dado la tarjeta. Aun encima de que te traigo el desayuno – fingió sentirse dañada.
-Ya sabes que no me molesta, de todos modos, te lo habría dicho.
-Lo sé. Bueno, me voy a dar una ducha, que a diferencia de otros, me he levantado hace horas para hacer algo de ejercicio.
-Tú eres la de las batallas cuerpo a cuerpo, para protegerte la espalda solo necesito conservar mi puntería, y eso no exige mucho.
-Me voy, esta tarde trabajo. Nos vemos para la cena, a las diez. ¿Te va bien?
-Sí, iré preparando los vídeos. Hasta luego.
-No te quedes todo el día en la cama, que nos conocemos.
Nuria se cambió y, a las dos de la tarde, bajó al restaurante. Pidió una ensalada de arroz y salmón a la plancha que saboreó junto a una copa de vino blanco. En el taxi, repasó el plan de trabajo para aquella tarde. Oficialmente, trabajaba como especialista de cine, la doble de actrices para las escenas arriesgadas. Era la mejor de su campo, lo que le proporcionaba numerosos contactos útiles para sus múltiples viajes, mientras la mantenía alejada de la fama. Además, pocos trabajos estaban tan bien remunerados, aunque el dinero no era un problema para la gente como ella y Zeke. Se rumoreaba que su primera aparición como doble la hizo con tan solo diecisiete años, en Alemania, donde trabajó como extra en una serie de televisión. En aquel capítulo, un hombre saltaba de un coche en marcha, y ella, se acercó al director para decirle por qué no resultaba convincente. Se ofreció a hacerlo, e insistió tanto que finalmente la dejaron. Encontraba dulcemente divertidas estas leyendas urbanas.
Nuria Salazar recibía muchas invitaciones de los que trabajaban con ella, sin embargo, prefería mostrarse distante y, normalmente, las rechazaba. Ello contribuía a que, la mayoría de actores, insistieran aún más, con similares resultados. La gente con la que se relacionaba era poca, seleccionada con cautela, nadie sabía cuál era la clave para caerle en gracia.
El rodaje de aquella tarde transcurrió tranquilo, y a las nueve, se cambió en el vestuario y dejó que un actor con el que mantenía cierta amistad la acercara al hotel. Zeke la esperaba en el bar, bebiendo cerveza y fumando un cigarrillo, se dirigieron a una de las mesas y pidieron la cena.
-¿Has revisado el vídeo?
-Sí, tengo todas las declaraciones amarillistas que puedan servirnos. Y la carnaza aparte, por si la quieres revisar.
-No creo que nos haga falta usar tu actuación como Playboy. Llamará.
-Claro, a ver si así aprende lo que significa “no tener otra opción”.
-Estas siendo demasiado cruel con ella. Si fuera un hombre sería un seductor.
-En el fondo esto es una lección, a partir de ahora será mucho más cautelosa. Me lo tomo como mi buena obra del día.
-Nunca cambiarás, Zeke.
-Esperemos que no. Pero no me has contado para qué quieres que te llame.
-Tu aventura sexual nos allana el camino. Verás…
-Se lo explicó punto por punto mientras cenaban.
A las cinco de la tarde, Norbert D’Orves llegó al portal de Ren, en el barrio de Lavapiés. Se colocó la corbata y timbró. Ren lo esperaba en la única puerta del tercer piso, vestida con una bata corta de motivos orientales y unos pantalones negros de terciopelo. Llevaba su melena rojiza sujeta con una pinza, y algunos pelos sueltos que acentuaban sus rasgos japoneses. Lo saludó en francés y lo guió hasta la mesa situada a la izquierda del ático, frente a la cocina americana. Le ofreció un café que aceptó de buen grado, y en cuanto se lo hubo servido, el abogado abrió su maletín y sacó un fajo de documentos.
Ren lo observaba distraída. Por teléfono se lo había imaginado más joven y atractivo, sin embargo tenía ante ella a un hombre rechoncho, que se estaba quedando calvo y rondaría los cincuenta. Su voz desentonaba con su físico. Le recordó a un buda, a pesar del traje hecho a medida.
-Bueno, primero un tecnicismo sin importancia. Necesito que me enseñe su documento de identidad.
-Sí, iré a por él- se levantó y rebuscó en un gran bolso colgado en un perchero de pie cerca de la puerta-. Tome – lo sacó de la cartera y se lo tendió.
-Necesitaría también una fotocopia, si no la tiene podría enviármela por fax, no hay problema.
-No se preocupe, en un momento lo escaneo y lo imprimo.
-De acuerdo. Empecemos con el papeleo.
Tardaron cerca de una hora en poner en orden los documentos referentes a la herencia. El abogado le explicó, amablemente, todos los detalles legales que ella no entendía. Lo que Régine le había dejado se hallaba en una caja fuerte de una oficina bancaria de Gran Vía, Ren no sabía si podría esperar hasta el lunes para descubrir aquellos escritos que su amiga había guardado con tanto recelo y que, sin duda, eran el contenido de la caja fuerte.
Cuando D’Orves guardó de nuevo todos los papeles en su maletín, después de darle una carpetilla que contenía los documentos que tendría que presentar en el banco, ella encendió el ordenador de sobremesa, y sacó una copia de su DNI. Finalmente se despidió de él y lo acompañó a la puerta.
Norbert D’Orves cogió un taxi y le indicó que lo llevara al aeropuerto. Llamó al móvil de su hija para hablar un poco con ella, pues debido a su trabajo apenas la veía. Jacqueline era la única razón por la que no se había divorciado aún, su matrimonio estaba muerto, y sabía que cuando su niña abandonara el nido, no tendría salvación. Sin embargo seguía aguantando por ella, porque no podría vivir sin verla cada día. Pronto cumpliría los quince años.
Su mujer, sin embargo, se acercaría a saludarlo secamente, dándole un beso en la mejilla como excusa para olfatearlo en busca de algún perfume femenino. Un escalofrío le recorrió la espalda ante la imagen. Estaba harto, por eso buscaba una vía de escape en Nicole. Sabía que ella no lo quería, era demasiado bella, joven y ambiciosa para amar a un tipo como él, pero mientras se dejara hacer, era suficiente. Se había vuelto frívolo.
Como si hubiera leído su mente, le llegó un MMS de ella, pidiéndole que se encontraran a media noche en el callejón cercano al bufete, acompañado de una foto del conjunto de lencería que llevaba. No pudo evitar que una sonrisa de suficiencia surcara su rostro y deseó estar ya allí. De todas formas, aunque al llegar a París fuera directo a casa, Jaqueline ya estaría durmiendo. Llamó a su mujer y le dijo que no podría volver hasta el día siguiente, pareció creerle.
Llegó al aeropuerto de Orly con el tiempo justo para acudir puntual a su cita. Rápidamente, cogió otro taxi hasta el bufete. En el callejón donde ella lo esperaba, con un recogido elegante y aquella gabardina clara, le recordó a Ingrid Bergman en Casablanca. “Pero ella no es una dama, es una fresca”, temía que si dejaba de repetírselo, sucumbiría a su hechizo. Era un lujo que no debía permitirse.
-Buenas noches, ¿tanto ansiabas verme?- ella se arrojó a su cuello y lo besó, nublando así sus pensamientos.
-Vamos a tu despacho, no puedo esperar más- le mostró las llaves que llevaba en el bolsillo.
-¿De dónde las has sacado?
-Se las he pedido a la mujer de la limpieza, vamos. Necesito que me hagas tuya- descarada, metió la mano dentro de sus pantalones.
A pesar de que la situación se le antojaba, cuanto menos, extraña, se dejó arrastrar por su deseo y la siguió hasta el portal. En el ascensor, le quitó la gabardina y observó que llevaba puesto un vestido negro que dejaba poco a la imaginación. Ella abrió la puerta, nerviosa, lo que él interpretó como un síntoma de la excitación. Pero cuando entró en su despacho, observó sorprendido que no estaban solos. A contraluz, distinguió dos figuras. Una sentada en su silla, otra de pie a su lado. Nicole se había separado bruscamente de él, y ahora se apoyaba contra la pared, temblando. Encendió la luz, entre sorprendido y asustado. No le gustó lo que descubrió.
-¿Qué significa esto?
La mujer que estaba sentada en su silla de cuero ni se inmutó, lo miraba fijamente, con una sonrisa segura que no le gustó nada. Sintió una gota de sudor resbalar por su frente. A su lado un joven al que hubiera despreciado en cualquier otra ocasión.
-Tome asiento, letrado D’Orves.
Nuria estiró el brazo mostrándole una de las sillas reservadas a sus clientes, abrió una carpeta y comenzó a ojearla tras colocar las piernas cruzadas sobre la mesa. Se sentó y dejó el maletín en el suelo.
-Puedes irte, Nicole- la voz de Zeke era grave y autoritaria.
-No sin que antes borréis ese maldito video- Norbert se asustó. ¿Había un video?
-Ese punto depende, en exclusiva, de lo que decida hacer tu amante. Ahora, si no te importa…- Nuria le señaló la puerta con un gesto brusco, y la becaria se fue con pasos rápidos.
-Monsieur D’Orves, parece que usted no se aburre cuando sale del trabajo- continuó Zeke mientras encendía su MacBook Pro-. Como le mostraremos, no nos ha sido difícil documentar uno de sus encuentros furtivos con la señorita. – inició el video y el abogado se puso pálido.
-¿Y qué?- Norbert se repuso del susto inicial-. Estamos en el siglo XXI, por favor, ya nadie se asustará de que tenga una amante. No sé que quieren conseguir pero…
-No se trata de eso- Zeke le cortó, tajante-. A pesar de que ante sus clientes estirados este vídeo causaría daños menores, supongo que a su esposa no le gustaría demasiado. Ya le hemos enviado una copia, protegida bajo una contraseña que no dudaremos en facilitarle si no colabora con nosotros. No creo que le guste destruir el mundo feliz de su hija.
-No os atreveréis…
-¿Y qué tendríamos que perder? Por si esto le parece poco, tenemos un video de Nicole en actitud… más que cariñosa con otro, en la que cuenta cómo se siente cuando usted la utiliza, realmente conmovedor. Eso sí que podría acarrearle problemas. Si quiere…
-No será necesario. ¿Qué es lo que buscáis, dinero?
-Mucho más simple. Una copia del expediente de Madame Candau y la fotocopia del D.N.I. de Ikeda Ren.
-Pero…
-Nadie nos relacionará con usted y estos videos serán borrados. Es una opción mucho mejor que la de su divorcio. Piénselo. El tiempo se agota.
-¿Qué garantía tengo?
-Le damos nuestra palabra. Si hace lo que debe, esta será la última vez que nos verá.
-¿Qué vais a hacer con lo que me habéis pedido?
-Si no le interesa ser cómplice, no quiere saberlo.
-¿Tengo otra opción?- herido, el hombre abrió el maletín y les mostró la carpetilla con los documentos-. Podéis fotocopiarlos en la máquina de la entrada- Nuria se los llevó.
Cuando tuvieron lo que necesitaban, Zeke eliminó los vídeos ante D’Orves y le aseguró que borrarían las demás copias. Nuria le devolvió la carpeta, y se fueron sin decir más. El abogado permaneció en su despacho, completamente destrozado. Maldijo a Nicole, se maldijo a si mismo y se prometió que nunca más pondría en peligro el mundo perfecto de su hija. Aquella noche de sábado durmió en el sofá de su despacho y, a las ocho de la mañana, volvió a casa con ojeras y un insoportable dolor en el cuello.
A la misma hora, Nuria salió a correr a pesar de que las calles estaban nevadas. Zeke releía los documentos con atención. A media mañana, ambos fueron a tomar el brunch a la cafetería.
-Debemos viajar a Madrid hoy mismo- la informó él-. Posiblemente mañana Ikeda Ren valla al banco y se lleve a casa el escudo, que por cierto, aquí ni se menciona. ¿Desde cuándo los de arriba se interesan tanto por cosas así?
-Eso no importa. Cuando acabemos hacemos las maletas y nos vamos al aeropuerto. ¿Tienes alguna idea de cómo lo haremos?
-No te preocupes, déjamelo a mí, ya lo he preparado todo. El banco está en Gran Vía, ¿sigue Israel trabajando como mecánico en el metro?
-Sí. Pero te advierto que como lo metas en…
-Tranquila, él solo hará su trabajo, sin riesgos. No se me ha olvidado lo importante que es para ti -dijo esto con un imperceptible tono de desprecio.
Todas las pertenencias de Nuria y Zeke cabían en dos bolsas de deporte que podían facturar como equipaje de mano. Al viajar mucho, esto resultaba útil, pues evitaban que sus maletas se perdieran y ahorraban el tiempo de espera en la sala de equipajes. Podían permitirse comprar lo necesario para cada ocasión en el lugar donde se encontraban, así que la normativa de equipajes de mano de los aeropuertos tampoco resultaba un problema. Pagaron más de setecientos euros por dos billetes a Barajas en clase bussines y embarcaron de inmediato.
Siempre que iban Madrid, se alojaban en un piso que pagaba Nuria, alquilado a nombre de Israel. La relación entre ellos resultaba difícil de definir, se veían poco y en principio, no tenían nada en común. Hasta que supo toda la historia que había detrás de su unión, Zeke no le encontraba ninguna lógica. Él no se llevaba del todo bien con Israel, sin embargo, este nunca le había dado motivos para desconfiar, estaba enamorado de Nuria. A ojos de Zeke, el amor era un sentimiento poco práctico.
Al entrar en el piso de Argüelles, Narco, el galgo de Israel, se abalanzó sobre ellos ladrando alterado. Cuando Nuria le acarició la cabeza, se calmó. No había nadie en casa, prepararon algo de comer y sacaron a pasear al perro por el Parque Oeste. Al volver, Israel los esperaba en el salón. Besó a Nuria y saludó a Zeke con un apretón de manos. Se sentaron y, sin rodeos, ultimaron el plan para el día siguiente. Israel conocía las dos identidades de Nuria, y no la juzgaba. Zeke hubiera jurado que la veía como una saqueadora de tumbas, por eso se mostraba siempre tan dispuesto a ayudarles.
Se metieron en la cama a las diez, tendrían que madrugar y necesitaban estar frescos. Al llegar a su habitación, Zeke buscó los tapones para los oídos en el cajón de la mesilla y se durmió con Narco a los pies de la cama. Sabía que aquella noche, Nuria dormiría poco.

